El objeto inamovible y la renovada fuerza imparable: el regreso de Rusia

 

 

Putin Obama

 

 Por: Julián Huertas Cárdenas, Profesor universitario. Co-fundador de ACEDI-CILSA. @JulianHuertas_C

 

Hace casi un año Noah Feldman, de Harvard Law School, publicó en Foreign Policy un artículo sobre el ascenso de China en la geopolítica frente a la posición de Estados Unidos como poder hegemónico, llamado The Unstoppable Force vs. the Immovable Object [1]. El título lo tomó de la famosa “paradoja de la fuerza irresistible” que se pregunta por el resultado que se daría si una fuerza imparable (en este caso China) chocara contra un objeto inamovible (Estados Unidos). Con la virtud de no caer en lugares comunes cada vez que se aborda un tema tan recurrente como éste, Feldman analiza sus distintas facetas para concluir que, en efecto, el mundo está presenciando una clásica situación de un país revisionista como China y una potencia dominante que desea mantener el statu quo determinado por ella durante más de medio siglo. Una nueva versión de la Guerra Fría que el autor llama Cool War y que desarrolla en un libro completo, tal como se mencionó en otro artículo sobre este tema (ver Are we on the Brink of a New Cold War? U.S. – China Relations in a New Century).

  

Sin embargo, parece que ahora –con una Rusia revigorizada tras los sucesos en Siria y Ucrania- son dos las fuerzas imparables que pueden desafiar el orden modelado por Estados Unidos. A principios del siglo XXI, una década después de que George H. W. Bush proclamara el nuevo orden mundial, parecía que muy pocos actores de la escena internacional podrían cuestionar el estado de las cosas tal como era: solo el mundo radical musulmán (en su faceta extremista, por vía de la violencia), los BRICS y, como parte de ellos pero con una importancia mayor, China. Por su parte, Brasil, Rusia e India (en ocasiones se incluye a Sudáfrica en este grupo) eran vistos como actores significativos en materia económica que eventualmente demandarían modificaciones en la arquitectura global pero que no lograrían una gran ruptura en el corto o mediano plazo. Los demás –Europa,  América Latina, Oceanía, África, Japón y el resto de Asia- eran vistos como países-regiones tal vez relevantes en lo económico pero incapaces de retar el poderío norteamericano. Así, China era el único país capaz de alterar, de manera relevante, el statu quo.

Pero Rusia, con cada uno de sus pasos, incluida la reciente llamada a las fuerzas pro-rusas en Ucrania, se muestra decidida a regresar al primer plano de las relaciones de poder en el planeta. En efecto, Ucrania ha sido el teatro de una etapa más en la estrategia rusa. Como suelen describirlo los académicos, el poder es un concepto relacional, comparativo, no absoluto. Un Estado es más poderoso que otro solo por la situación de su contraparte, que en cualquier caso puede cambiar en el tiempo. En su más reciente aventura con Crimea y el oriente ucraniano, Rusia ha dejado claro que las relaciones de poder son hoy distintas a como lo fueron en los años 90 y la primera década del siglo XXI. Sin embargo, en sus declaraciones del pasado 7 de mayo, Putin exhortó a los separatistas pro-rusos a posponer los referendos “independentistas” y permitir las elecciones presidenciales del próximo 25 mayo. Más aun, en un giro que llamó la atención de los observadores, el presidente ruso reconoció que dichas elecciones presidenciales eran un paso en la dirección correcta, aunque el mundo (y Occidente en especial) entiende que las declaraciones de inicio de mayo sólo son un cambio de ritmo dentro de una gran estrategia.

 

La gran estrategia rusa

Para ningún imperio o potencia es fácil dejar de serlo. Desde la Alemania de las primeras décadas del siglo XX, sometida a los términos del Acuerdo Versalles, hasta una civilización china que mira cómo su cultura ha sido solo marginal y humillada en lo últimos siglos, los países con vocación imperial nunca olvidan pasado grandioso. Rusia es uno de los mejores ejemplos. La mentalidad imperialista rusa no debe estudiarse solo desde la Guerra Fría y la bipolaridad que generó en el mundo de entonces. El comunismo, como ideología y régimen en Rusia, ha sido sólo una de las manifestaciones de ese espíritu imperial. Es necesario remitirse a un pasado más distante en el que los emperadores forjaban y acrecentaban una gran nación bajo la guía de líderes que van desde los primeros zares del siglo XVI hasta figuras como Pedro el Grande, Catalina II o Alejandro I, quien con su estrategia militar marcó el inicio del declive de Napoleón Bonaparte en la segunda década del siglo XIX.

Cuando Vladimir Putin asume el gobierno en el año 2000, tiene claro que la caída de la Unión Soviética no puede significar la anulación de Rusia en la arena internacional. Además de la tradición, había elementos objetivos para entenderlo así: ricos recursos naturales de los que depende Europa, un asiento con derecho de veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y, por encima de todo, armas nucleares. Pero también estaban presentes elementos subjetivos para no tolerar que Rusia quedara relegada: Putin había sido agente de la KGB, conoció la grandeza de la URSS y se veía a sí mismo el salvador de una civilización que parecía derrumbarse mientras que Estados Unidos (y con éste el Occidente capitalista), se convertía en la única gran potencia, seguida por Japón, Europa y -en un futuro no lejano- China.

Pero Putin es realista, nunca idealista. Si bien el desmantelamiento de la Unión Soviética y la caída del comunismo parecían augurar un futuro distinto en Occidente, la dirigencia rusa no estaba dispuesta a permitirlo. A este respecto, resultan visionarias –para el momento actual- las palabras de Henry Kissinger poco tiempo después de la caída de la URSS. Hace 20 años, cuando escribió su gran obra Diplomacia, el ex Secretario de Estado americano entendió que “la revolución antiimperialista, dirigida contra la dominación rusa, es muy bien vista en las nuevas republicas no rusas, pero sumamente mal vista por la Federación Rusa (…). La abrumadora mayoría de las figuras rusas importantes, cualquiera que sea su inclinación política, se niega a aceptar el desplome del Imperio soviético o la legitimidad de los Estados sucesores, especialmente Ucrania”[2].

Uno de los episodios más elocuentes sobre “el regreso de Rusia” fue la invasión a Georgia en la Guerra de  Osetia del Sur en 2008. Sin embargo, se aceptó entonces que Rusia solo había actuado en defensa de Osetia del Sur y Abjasia ante el ataque georgiano. Así mismo, como se mencionaba en un artículo anterior de este portal (ver ¿Qué está en juego frente a la crisis por Crimea?), en el año 2000 Rusia elaboró su nuevo concepto de Seguridad Nacional y en 2009 publicó su estrategia de Seguridad Nacional al 2020. En ambos documentos, Rusia dejó clara su intención de volver a posicionarse como una potencial mundial, proteger a los nacionales rusos -donde no sólo se cuentan sus ciudadanos sino también poblaciones de habla rusa en otros países-, y mantener su zona de influencia en Europa Oriental y Asia Central.

Así mismo, en su camino por recuperar protagonismo global, Putin se ha hecho amigos no del todo ortodoxos como Bashar Al-Assad. Putin ha entrado en sintonía con regímenes autoritarios y ha buscado estrechar lazos con países que también quieren un cambio en el statu quo pero que no cuentan con la influencia necesaria para lograrlo. Si bien esta amistad o simpatía con países “rebeldes” tiene sus raíces en el interés por aumentar el peso de Rusia en la geopolítica, para dichos países resulta bastante útil contar con el respaldo de una potencia militar que al igual que ellos no cree demasiado en los derechos humanos, cuestiona la arquitectura posterior a la Guerra Fría y cuenta con la posibilidad de vetar sanciones propuestas en el Consejo de Seguridad (desde decisiones económicas hasta intervenciones militares por amenazas a la paz y razones humanitarias). Como se observa, es la política de los Estados motivada por intereses nacionales en un contexto de conflicto permanente y en el que los factores militar y diplomático resultan determinantes. El realismo en su mejor expresión.

 

Si quisiéramos aplicar el método del caso al estudio de la política exterior rusa y entender su lógica frente a Ucrania, la mejor situación vendría dada por lo ocurrido en Siria el año pasado. A pesar de la represión del gobierno sirio, y aún con el fantasma de las intervenciones en Afganistán e Irak, el presidente Obama se mostraba renuente a una intervención armada en Siria pero se comprometió a intervenir militarmente sólo en caso que se demostrara el uso de armas químicas por parte del régimen sirio contra los manifestantes. El uso de armas químicas y biológicas fue la “línea roja” que Estados Unidos estableció como límite a su pasividad en la crisis. El punto más álgido del conflicto vino con la progresiva comprobación de la utilización de este tipo de armas en el conflicto. En marzo de 2013 se presentaron las primeras acusaciones al respecto y en agosto del mismo año resultaba claro que el conflicto se había degradado al punto de usar esta clase de armas, pese a que el Gobierno sirio y la oposición se acusaban mutuamente de hacerlo.

 

Una vez cruzada la “línea roja”, Estados Unidos tenía la obligación de cumplir su advertencia e intervenir en Siria.

 

La (otra) victoria de Putin sobre Obama

 Bashar Assad, Vladimir Putin

 

Vladimir Putin entendió que la situación de Barack Obama era bastante difícil. Por una parte, Estados Unidos sigue siendo visto como el portador de los valores occidentales (libertades, democracia, derechos humanos), “el país indispensable” o el policía del mundo con la capacidad de evitar que se repitan las atrocidades que avergüenzan a la humanidad: los Balcanes, Camboya, Rwanda, Sierra Leona, entre otros. En este sentido, y desde una perspectiva idealista, Estados Unidos tendría la obligación de evitar –primero mediante la diplomacia y luego con las armas- todas las violaciones a los derechos humanos.

Por otra parte, el mundo recuerda con decepción y pena las intervenciones emprendidas por George W. Bush en Afganistán e Irak bajo el argumento de las nunca encontradas armas de destrucción masiva. Barack Obama llegó a la Casa Blanca con la promesa de un mundo distinto y una discurso idealista de la geopolítica, a tal punto que pocos meses después de posesionado recibió el premio Nobel de Paz sin haber logrado resultados concretos. A su vez, el involucramiento de Estados Unidos en la intervención contra el régimen de Muammar Gaddafi en 2011 supuso una sorpresa para quienes esperaban una estrategia mucho más diplomática por parte del pacifista Obama. Finalmente, Estados Unidos no se ha recuperado de la crisis económica que inició en 2008 con la caída de importantes compañías financieras y que explica, en parte, ese viraje un tanto aislacionista en los asuntos internacionales. Después de los ataques terroristas de 2001, las intervenciones en Irak y Afganistán, la crisis financiera de 2008 y la ambigua opinión internacional sobre el uso de la fuerza en crisis humanitarias, Estados Unidos no tenía todos los incentivos para entrar a Siria. A pesar de las críticas del Tea Party y la presión de varios grupos de interés que veían la oportunidad de beneficiarse de los recursos energéticos de Siria, Obama entendía que el apoyo de Putin a Damasco era real y que un enfrentamiento militar con un país que tiene armas nucleares está descartado. De esta forma, bajo una lógica de costo-beneficio, no era del todo conveniente para los intereses norteamericanos atacar al gobierno de Al-Assad. 

Así que Obama se encontraba en el peor de los mundos. Por una parte no era del todo beneficioso invadir a Siria y por la otra estaba en juego la palabra empeñada por el país más poderoso del planeta que había trazado una línea roja sobre el uso de las armas químicas. No obstante la incomodidad del presidente norteamericano con dicha situación, lo cierto es que su país estaba decidido a intervenir en Siria. El 10 de septiembre de 2013 dio un discurso a la nación y al mundo en el cual explicó la gravedad de la crisis humanitaria y el deber de intervenir. Simultáneamente, John Kerry terminaba de forjar alianzas en Europa (a pesar de la negativa del Parlamento inglés) y el mundo Árabe. Todo estaba listo para que una colación de países interviniera en Siria con fines humanitarios. Lo único que podía evitar esa invasión prometida era, en palabras de Kerry, que el gobierno de Siria detuviera el uso de armas químicas y eliminara su arsenal, oferta en la cual Estados Unidos no tenía mayores esperanzas[3].

Esa fue la oportunidad para que Vladimir Putin demostrara que Rusia sigue siendo un actor de peso en las relaciones internacionales. Poco tiempo después de las declaraciones de Kerry, Moscú anunció al mundo que había convencido a Damasco de poner a disposición de Naciones Unidas su arsenal químico para ser eliminado, lo que dejó sin sustento válido la ya inminente intervención liderada por Estados Unidos. El rol de Rusia fue visto entonces como la mediación que evitaba un nuevo conflicto armado internacional. Sin embargo, Putin no solo detuvo la ofensiva contra Siria, sino que en cierta a medida también salvó a Estados Unidos. Al eliminarse el supuesto de la intervención, Obama podía decir que ya no era necesario atacar y así ahorrarse una acción anunciada pero de la cual no estaba completamente convencido. 

El presidente ruso apareció como un defensor de la paz mundial, pero también envió un mensaje al mundo en el que dejó claro que Rusia es capaz de resolver problemas críticos de la humanidad. Lo que no pudieron Naciones Unidas, Estados Unidos ni la Unión Europea había sido logrado por Rusia. Mostrarse ante el mundo como un adalid de la paz no es una de las prioridades de Putin, pero proyectar la imagen de un país fuerte y robustecido sí lo es. En esta línea, Putin quiso alcanzar ambos objetivos cuando, descartada la intervención, se dirigió al pueblo norteamericano mediante una carta publicada por el New York Times en la que abogaba, en términos extrañamente conciliadores y tolerantes, por la paz global y la inconveniencia de la guerra. Quien ha desconocido y restringido de forma sistemática las libertades civiles en su propio país, hizo un llamado a respetar los derechos humanos en todo el mundo y respetar las diferencias con otros países. La carta publicada por el New York Times debe entenderse como una más de las políticas de prestigio tan valoradas por Rusia. A lo anterior se suman las monumentales Olimpiadas de Invierno de Sochi a inicios de 2014 y, aunque parezca frívolo (pero refleja algo más grande), el reconocimiento de Putin como el hombre más poderoso del planeta en 2013 por la revista Forbes.

Con el reciente gesto “noble” de no llamar a una guerra civil en el Este de Ucrania, Putin reafirma su poder ante una Europa dependiente de su energía y una Unión Americana que en los inicios del siglo XXI parece fatigada por el peso de su historia. Las sanciones que ha recibido Rusia no parecen afectar mucho a un país que ha desconocido de forma deliberada la prohibición de la amenaza y uso de la fuerza,  “piedra angular” del sistema internacional moderno[4]. Al igual que en el caso de Siria, las sanciones desde el Derecho Internacional contra la anexión (o “adopción”, término planteado en el artículo La Situación de Crimea: ¿“Anexión o Adopción”?) de Rusia sobre Ucrania, han sido bastante débiles. En el caso de Siria, el único consuelo de Obama y los partidarios de la intervención militar fue la Resolución 2118 de 2013 del Consejo de Seguridad de la ONU mediante la cual se estableció que -a futuro- el uso de las armas químicas constituye en sí mismo un quebrantamiento de la paz mundial y, en consecuencia, daría lugar a la aplicación del Capítulo VII de la Carta de las Naciones Unidas. Frente a la anexión de Ucrania, el 27 de marzo la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó una resolución mediante la cual no reconoce y llama a no reconocer el referendo por el cual Crimea decidió incorporarse a Rusia. Tristemente, es solo una resolución de la Asamblea General.

 

Así las cosas, el mundo no sabe hoy cuál será el próximo escalón de Vladimir Putin en su gran estrategia. Y lo que es peor, no sabe cómo reaccionaría si se tratara de un paso que altere aún más el orden mundial. En materia de uso de la fuerza, el Derecho Internacional no tiene mucho que decir frente a los P5 del Consejo de Seguridad y Occidente no tiene la voluntad ni la energía para frenar el caos. Lo único cierto es que mientras perdure la estrategia rusa de volver al centro de la política internacional, Estados Unidos y Europa  deberán lidiar con un elemento desestabilizador del statu quo. A la luz de las consideraciones planteadas en el presente artículo -y a diferencia de Jimmy Carter y otros idealistas, con quien ha sido comparado Obama en ocasiones-, Estados Unidos no puede seguir estrategias de corte idealista mientras una renovada fuerza eslava aplica, de manera asertiva, una política revisionista a través de métodos eficaces dictados por el realismo dominante en el mundo de las relaciones internacionales.

 

Notas:

[1] Feldman, Noah. The Unstoppable Force vs. the Immovable Object. Disponible en:  http://www.foreignpolicy.com/articles/2013/05/16/china_united_states_cool_war_power

[2] Kissinger, Henry. Diplomacia. Ediciones B. Barcelona, 2010. P. 877.

[3] Cfr. Trap or way out? Disponible en el blog Democracy in America de The Economist:  http://www.economist.com/blogs/democracyinamerica/2013/09/barack-obama-and-syria

[4]Cfr. Tams, ‘The Use of Force against Terrorists’, 20 EJIL (2009) 359. Disponible en: http://ejil.oxfordjournals.org/cgi/reprint/20/2/359. P. 359. 

 

 

 

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